Las pupilas delatan las emociones, pero es el conjunto facial el que importa
Pedro Hernández-Guanir
Son varios los estudios, como el del psicólogo estadounidense
Albert Mehrabian, que evidencian que la palabra sólo tiene un 7% en el poder de
influencia en los demás. Y uno de los aspectos de esa influencia, al menos de
su expresión, son las pupilas.
Precisamente, en relación a las
pupilas, Joaquín Sabina, en una de sus canciones, dice: Sus palabras decían
de memoria lo que dicen todas, [sin embargo] sus
pupilas contaban historias para no dormir.
Un ejemplo muy traído es el de la excitación sexual, de forma que si una persona nos atrae
sexualmente, nuestras pupilas se dilatan, pero es que también se puede
interpretar en sentido inverso, y es que si nos encontramos con una persona con
las pupilas dilatadas, es más
probable que nos excite sexualmente que si las tiene contraídas.
Parece que la dilatación de las pupilas es un lenguaje universal recíproco. De ahí que en las mujeres de la Roma clásica o las cortesanas, en la Edad
Media, se impregnaran los ojos de Atropa
Belladona (Bella Señora), una planta para dilatarse las pupilas, como
símbolo de belleza y producir esa admiración o excitación. También era una de
las «hierbas de las brujas».
Es cierto que las pupilas son la puerta de la luz. Equivalen
al diafragma de las cámaras fotográficas, de forma que a mayor luz,
menor abertura; y a mayor oscuridad, el iris deja pasar toda la luz que sea
posible.
Hay toda una tradición sobre la
expresión de las pupilas.
Los comerciantes chinos han usado el
lenguaje de la dilatación de las pupilas para saber si un cliente estaba
interesado o no por un producto.
En realidad, desde hace unos 2.500 años, era destacado el valor de
la lectura no sólo del iris, sino de toda expresión no verbal, tanto en la China anterior a Confucio, donde era
toda una profesión la lectura del rostro, como en la Grecia clásica, en que existía el estudió de la fisiognomía. Éste fue iniciado por Pitágoras, hasta
el punto de que elegía a sus discípulos en función de lo que leía en sus rasgos
faciales y en la expresión del cuerpo en general.
Creo que hay que considerar las pupilas de nuestros ojos, sobre
todo, como indicadores del potencial de
energía cognitiva usado por nuestro cerebro. Así, Hess, en su estudio «Pensar rápido, pensar despacio», muestra que las pupilas se dilatan progresivamente en la medida en que se
incrementa la dificultad de las operaciones
aritméticas.
Es probable que la dilatación de las pupilas no sólo obedezca a
un incremento emocional positivo,
sino también negativo, como signo de
«mayor necesidad de luz». De hecho, las pupilas también se dilatan cuando algo llama la atención o cuando se debe tomar una decisión, pues se necesita más activación mental, por ello suele haber coincidencia con la tensión de los músculos del estómago o
con el incremento de la adrenalina.
Sin embargo, hay que tener cautela con cualquier planteamiento atomista o reduccionista en la lectura no verbal,
porque, en realidad, ponemos en juego muchos
otros aspectos faciales importantes como la sonrisa, que es tan significativa como la mirada, aunque más camuflable, o los músculos de la frente,
o los del contorno de los ojos o de la boca.
Tanto es así que llegamos a construir cada uno de nosotros algo
tan decisivo como es nuestro rostro
social. Hay que pensar que en el proceso de socialización, cada persona, desde que nace, va manteniendo diferentes interacciones con los demás, de sonrisas, bromas, afecto o enfado, que, en conjunción con nuestra disposición genética, fabrica ese rostro social que es nuestro RETRATO en sociedad.
Además, el semblante muestra el grado de diplomacia de cada uno, tal como explica Teresa Baró, experta
en habilidades de comunicación personal: «La socialización exige que camuflemos
sentimientos que no podemos evitar, actuar tal como intuimos que los demás
quieren que actuemos. Es cuestión de supervivencia»…
Un niño no es responsable de la expresión de su rostro, pero, para
sí un adulto, según Abraham Lincoln,
que rechazó a una persona para su gabinete porque no le gustaba la cara,
considerando que «Cualquiera mayor de 40
años es responsable de su rostro».
La importancia de los ojos no sólo está en las pupilas. Es
fundamental, por ejemplo, el grado de mantenimiento
o dirección de la mirada, pues define la relación entre interlocutores. Para
establecer diálogo con alguien empezamos buscando el contacto visual, de forma
que desviar la vista es un claro mensaje de rechazo.
En estudios realizados en
la interacción profesor-alumno,
conocemos que la dirección de la mirada, el tiempo que se le da a responder a
un alumno o la actitud de la mirada manifiestan que dependen del nivel
económico del alumno, del nivel intelectual y de otras variables «seductoras»
que se cuelan inconscientemente en el profesor o profesora, tal como hemos
desarrollado en nuestro libro Educación
del Pensamiento y de las Emociones (Pedro Hernández-Guanir, 2010).
Sabemos,
también, como indica Baró en su obra La gran guía del lenguaje no verbal que «las personas de estatus superior miran menos a las de
estatus inferior».
Asimismo, la mirada indica la personalidad.
Es evidente que las personas más seguras
y extrovertidas miren más a los ojos y pueden mantener más el contacto
visual, a diferencia de las más inseguras
y tímidas, que suelen apartar la mirada con más facilidad.
Lo más curioso es lo que se suele decir respecto al movimiento
de los ojos, pues si la mirada se
mueve hacia la derecha, corresponde
a pensamientos de futuro, ideas nuevas o
procesos imaginativos, mientras que si es hacia la izquierda, se trata del pasado o de recuerdos.
Hablamos de los ojos, pero la sonrisa
y la risa es de los mejores indicadores para hacernos una idea de
los demás, pues es de los recursos que poseemos
para conectar socialmente.
Además está el valor higiénico
de la risa. «Incrementa la producción de anticuerpos, reduce los niveles de
colesterol y estimula la liberación de
endorfinas. Y emocionalmente ayuda a liberar el estrés, a reducir el temor
y la angustia».
Yo añadiría que las sonrisas y risas «auténticas» no sólo liberan
en nosotros endorfinas, sino
promocionan bienestar social pues contagian
nuestro bienestar a los demás, que, a su
vez, ellos, de rebote, nos devuelven más bienestar, creándose un clima interactivo y multiplicativo de
endorfinas.
























