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domingo, 26 de abril de 2020

EL DIOS DEL DESIERTO


Vivir del cuento







EL DIOS DEL DESIERTO


Caminaba por las dunas del desierto buscando a Dios, cuando una ráfaga de viento mostró las huellas de alguien, que seguí de prisa y corriendo, dejando en la arena con firmeza las mías, mientras el propio viento las borraba.

Las huellas se perdían, lejos de las dunas, en una maleza de ortigas y amoresecos, hasta dar con un cataclismo de pliegues y láminas rocosas inclinada
s, formando un túnel con cielos, por trechos, descubiertos.

Avancé sin tregua y, al final, la presencia de árboles y musgos hizo que palpitara hasta sentir los golpes en la garganta y que mis sentidos se aguzaran. ¡No era posible! Empecé a oír un rumor de agua, que hizo estremecerme más y correr hacia su fuente.

¡Oh! Solo y nada más que ¡oh!, porque entre helechos y rocas, en el borde del manantial, con una vasija de barro en sus manos, había una mujer muy joven con pañuelo en la cabeza, asomando un fleco recto, negro, con unos ojos todavía más negros y una sonrisa de cortesía.

Me acerqué sin ningún miramiento, dejando lejos mi timidez. Debo haber perdido la memoria, porque ella no sé qué hizo de mí, solo sentí el roce tenue de los pocos pelos de mis brazos con su piel, que se extendió a los pelillos de mi esternón bajando hasta los del pubis…

¡Oh! Era toda mi expresión, y es que me deslicé, como con una tabla de surf, por su mirada y entré en ella como en un mar de nubes desconocido, donde mi “oh” se transformó en un susurro cómplice, diciéndole, mientras la abrazaba con la energía del cosmo: “Gracias, Dios mío, por haberte encontrado”.


Pedro Hernández-Guanir





DIOS NO ES UN CUENTO

Trato de analizar y meta-analizar, aunque lamento y pido disculpas de que me exprese de forma extensa y abstracta, lo que narré en mi cuento titulado “EL DIOS DEL DESIERTO”, que se lo dedico a mi admirado Jose Carlos Gavilan Batista, que comenta:
—"Leer este cuento es como observar un cuadro surrealista, y decía alguien que la mente es como un paracaídas que solo funciona cuando se abre, en mi caso, creo que no funcionó”. Por eso, mi especial atención.
También me ha alegrado que haya producido respuestas dispares e interesantes. Alguien vio en el cuento superficiales “ráfagas”, en lugar de lo que deseaba a su edad, que son “experiencias serias y profundas”.
Otra persona, con buen tino, temió que todo fuera un espejismo y advierte que no hay que perder el sentido de la realidad.
Otro, como el propio Jose Carlos Gavilan Batista, interpreta que el protagonista del cuento logra sobreponerse y alcanzar el objetivo, sintiendo solidaridad y compasión, “sobre todo la Fe que tanto necesitaba sentir, y por eso exclama ¡Dios mío!”. Todo esto ocurre más en creyentes que en increyentes.
En cualquier caso, sé que a algunos le produce urticaria la palabra Dios, pero pienso que es respetable, porque la distancia entre los conceptos que cada uno puede tener de Dios es tanta como el hecho de creer o no creer en él. De tal forma, que yo observo la búsqueda de lo que yo llamo Dios (opinable, por supuesto) en el quehacer de la mayoría de los humanos.
Hay biólogos que demuestran la existencia de genes relacionados con la creencia en Dios, pero me parece menos convincente que la “pasión inútil” de Sartre, que prefiero llamarla “pasión inevitable”, porque son tics o respuestas a la incógnita del misterio del mundo y de la existencia que siempre nos envolverá. Más aún, al cierre incompleto que ofrece la propia naturaleza, provocando búsqueda interminable para aplacar el desasosiego de lo imposible o de emociones que no caben en el cuerpo.
Hay quienes rebuscan en el pasado personal o comunitario, encontrando mitos reivindicativos o añorantes. Otros subliman, en el presente, sus actos y deseos, no solo a través de películas y obras literarias, sino, especialmente, sazonando sus vivencias lúdicas, afectivas, sexuales o espirituales de fantasía. Otros esperan al futuro, donde, como horizonte, brilla la utopía de proyectos, sueños e ideales, personales o sociales. En todos los casos, existe la fe, la esperanza y la complicidad anónima, incluso atea, de lo que se desea y que, para no estar inventando nuevos nombres, yo llamo Dios.
Juan Jose Martin Alonso, después de su fantástico comentario jocoso sobre el peligro a que me exponía al encontrarme con esa chica en el desierto, con esa expresión tan popular canaria "como te tranque el padre, el novio o cualquier envidioso, verás!", detallando lo afiladito de los cuchillos, el degollamiento de corderos y baifitos, así como la precisión de esos cortes a los osados, termina diciendo que “eso es también realidad externa”.
A lo que le respondo que los seres humanos tenemos un poder superior al de Uri Geller. Él, con la capacidad de doblar cucharas, todos nosotros, con la de doblar barrotes de cárcel y vivir libres con nuestras creencias y fantasías.



De no tener ese poder, ni Dios, ni la ciencia, ni el amor existirían... Sé que esto irrita a creyentes y a ateos, pero es que eso es negar la parte psicológica “más divina” del ser humano, que es su inteligencia VIRTUAL. Esta destroza las leyes físicas, siendo más audaz que la propia realidad cuántica, al permitir que algo sea y, a la vez, deje de ser, o que esté en el pasado y a la vez en el presente o en el futuro.
Queremos ser tan realistas, que nos engañamos. Tanto como que la Tierra es la que da vueltas alrededor del sol. Nos empeñamos en sobrevalorar la razón y en devaluar la imaginación, cuando aún la propia realidad exterior, los propios actos que realizamos, incluidos los más vulgares, como comer o hacer el amor, en el presente, se nutren en más de un 70% del pasado o de lo posible, es decir, de recuerdos y fantasías, sea de modo funesto o atractivo.
Esta inteligencia VIRTUAL, que no tienen los animales, es la que, en la evolución de las especies, cuando apareció, permitió al hombre plantear hipótesis, generar creencias y hasta imaginar la existencia de Dios, como referencia última a todas las necesidades y misterios que le envuelven. Este es el último fondo del fondo de mi cuento, que aprovecho para dar unas pinceladas que ayuden a comprenderlo y comprenderme.
Dios, como referencia, suele emerger en la mente humana, en dos principales ocasiones.
Una, en el DESFONDAMIENTO, sintiendo necesidad, carencia, sufrimiento, esterilidad vital o muerte, que he querido representar en mi cuento, a través del caminar por las dunas del desierto. “Caminaba por las dunas del desierto buscando a Dios”. Si bien, no se encuentra. Lo impiden las ráfagas del viento y una señal o huella en la arena que cada uno se entretiene persiguiendo con mayor o menor suerte, como la razón nuestra de cada día.
La otra ocasión en que Dios suele emerger en la mente es en el DESLUMBRAMIENTO, como es la contemplación de un paisaje, el frenesí de una melodía o el hechizo del amor, que hasta en inglés, en el momento cumbre, el mayor ateo exclama: ¡OH, MY GOD!
Eso mismo es lo que quise expresar en mi cuento, en el instante en que “me deslicé, como con una tabla de surf, por su mirada y entré en un mar de nubes desconocido, donde mi “oh” se transformó en un susurro cómplice, diciéndole, mientras la abrazaba con la energía del cosmo: “Gracias, Dios mío, por haberte encontrado”.
Se puede tomar a broma, pero son los dos momentos, el del desfondamiento y el deslumbramiento, que permiten al ser humano, salir de sí mismo y TRASCENDER, para encontrarse con el Dios vivencial, que difícilmente nadie puede negar su existencia, aunque sí, cambiarle el nombre.


Un abrazo para todos
Pedro Hernández-Guanir